Cositas encillitas (4): tic, tac.

10 Mar

Lo peor de ser un adelantado a mi tiempo es todo el rato que esperas cuando quedas con tus amigos.

CUANDO DIOS APRIETA, PORTER.

4 Mar

Querido diario:

Bien es sabido que cada uno tiene sus propios antídotos caseros con los que sobrellevar sus depresiones. Yo, como alma sensible que soy, necesito sentir a mi alrededor el suave zumbido de notas musicales que acompasan mi desazón y me descubren, a golpe de rítmica belleza, que no todo está perdido en este mundo, temundo, temundo, temundo, temundo, temundo… maldición, esto es lo que tiene escuchar mis viejos vinilos de los Indios Tabajaras en el tocadiscos que robamos de la casa de empeños donde descansan ahora los bienes materiales con los que fuimos tan felices otrora.

Abatido, doy un paseo arrastrando las pantunflas por los pasillos de la casa que mañana embargará el banco y llego a la habitación donde el capitán hace horas que juega a mirar fijamente la pared tratando de identificar caras de escritores de la generación del 98 en las salpicaduras del gotelé.

Hace días hablamos acerca de la necesidad de buscarnos un empleo remunerado y aunque al principio me mostré completamente en contra, mi poco orgullo propio y el hambre de 4 días que arrastro me han hecho recapacitar y llego dispuesto a decirle que acepte el trabajo que le propusieron en una fábrica de pegatinas de señales de tráfico de 110 kilómetros hora, que se ve que tiene ahora mucho futuro.

Sin embargo, no había dicho aún esta boca es mía (nosotros nos saludamos así) cuando la canción “La chica ye-ye” que tengo como melodía en mi móvil me indica que alguien requiere mi presencia desde el otro lado del auricular. Con mi garbo y mi movimiento de caderas (quien tuvo retuvo) llego hasta él (oh paradoja, me muevo yo para ir hacia él, ergo.. ¿el móvil soy yo y el teléfono es Vicente? Piénsalo tú, que yo ahora no puedo, que me están llamando) y contesto.

Fundido  a pensamiento del capitán.

… no solo entra sin llamar cuando ya casi tenía definidísimo el rostro de Azorín en sus años mozos sino que además me deja con el saludo en la boca y se va contoneándose al compás de esa canción anglosajona que tantas tardes de gloria ha dado a nuestras madres y, por ende, a nuestros padres o a señores que pasaron antes que ellos por la maternal piedra.  No sé con quién habla, pero parece que son buenas noticias. Me alegro, últimamente anda más frustrado que el profesor de peluquería del peluquero de Pitingo. Míralo, míralo cómo viene trotandito. Y vuelve a entrar sin llamar. Y nada, se pone a contarme algo sin tener en cuenta que si yo estoy pensando esto, no puedo estar escuchando lo que dice. Y no calla, tú. Si no les importa, voy a dejar de pensar, a ver si me entero de algo que esto es lo típico que luego dice que sí me lo ha dicho pero yo estaba ¡¡plop!!

–       Así que prepárate, ¡que mañana nos vamos a París!

–       ¡Bien! A París… ¿Me lo puedes contar otra vez, que tienes mucha gracia?

Fundido a pensamiento del capitán:

…ya estoy aquí otra vez. ¿Sabéis de qué iba la cosa? Resulta que quien llamó era “el enfant terrible de la moda el provocador amigo de la modelo Bimba Bosé que ha hecho de la androginia un sello característico de su personalidad” (David Delfín, vamos) y se ve que hay una vacante en Dior por nosequé que ha hecho el gilipuertas que iba vestido de pirata que había antes y que nos ofrecen el puesto a nosotros para emular a Vittorio&Lucchino y a Dolce&Gabanna, pero sin mariconadas, eso ya se lo hemos dejado bien clarito. Y nos han dicho que bueno, que mañana tenemos una entrevista. Lo que pasa es que nos lo dijeron ayer y esto yo lo estoy pensando hoy mientras estamos en la sala de espera del despachote de Cristian Dior y ahora sale una señora y nos dice que pasemos ay qué nervios, míralo qué majo es este señor y mecachis ya se han puesto a hablar y yo aquí pensando. Huy, me miran, algo pasa conmigo, le dejo, ustedes comprenderán ¡¡¡plop!!!

–       ¿Me podría repetir la pregunta?

–       Le preguntaba si no serán ustedes antisemitas.

–       ¿Antisemitas nosotros? ¡Si somos más semitas que el sema! Nos encantan los semitas. Si vemos uno por la calle, le dejamos pasar. Y tenemos cachorritos de semitas en casa y jugamos con ellos, les acariciamos la cabeza… si los educas bien, los semitas pueden ser el mejor amigo del hombre. Y de la mujer, no se piense que somos machistas. Somos prosemitas y a favor de las semitas hembras también.

–       ¿Qué opinan de Hitler?

–       Lo contrario que Nacho Vigalondo, para que se haga una idea.

–       Bien. No me gustaría volver a tener un disgusto por sus opiniones en una terraza de un bar.

–       ¡Qué va! Si nosotros nos sentamos siempre dentro. A saber con quién te encuentras ahí fuera. Hay hasta judíos, no le digo más.

–       Del tema de alta costura, ¿qué?

–       Bien, con un taburete, listos.

–       ¿Y de decir imbecilidades, cómo andan?

–       Nuestra próxima colección es una clara apuesta por la mujer de hoy, ensalzando sus virtudes y llevándola a un universo onírico donde lo real y lo irreal se fusionan dando lugar a un simbolismo salvaje que se ve reflejado en las telas, en las texturas y en la explosión de colores que adornan esta pequeña revolución que hoy se ve en las pasarelas pero que mañana estará en las calles de medio mundo.

–       Mañana empiezan.

Y así , querido diario, es como nació Cento&Kellino, la pareja de diseñadores que está dando mucho que hablar con sus vanguardistas propuestas y su particular visión de la moda femenina, donde han triunfado propuestas como las faldas con rodilleras para pedir subvenciones, los escotes te lo juro por mis muertos, los sombreros de mariachi para poner la compra o las bragas de cuello alto para días de fresquito.

Debo dejarte pues hasta otro día, ya que quiero que la inspiración me pille trabajando en mi próxima colección, para la que he pensado que podría estar bien que fuese presentada por Martina Klein, valga lo que valga. Todo esfuerzo es poco para que deje de trabajar en el programa de los chistes.

Hasta mañana.

P.D. Ji ji, no soy una postdata. Soy el pensamiento del capitán, que me he colado aquí para decirles en exclusiva que el año que viene se va a llevar el malva. El malva semita, claro. De nada, da nada.

Cositas encillitas (3): Chup, churup, churup…

3 Mar

 

Los gitanos rockeros caminan por el lado malaje de la vida.

Tocados y hundidos.

24 Feb

Aún a fuerza de pecar de inmodestia, he de confesar que si me viese obligado a describirme con tanta exactitud como brevedad lo haría sin dudar definiéndome como lo que en las calles, tertulias, editoriales y corrillos de señoras que descansan en los parques en los que hay aparatos para que hagan gimnasia se reconoce como un “dechado de virtudes”.

 

Y de todas las que me adornan, hoy quiero comenzar este relato mentándoles una de ellas, la de hombre aventurero y lanzado como yo solo. Fue seguramente esta capacidad de hacer de mi capa un sayo y de decir para mis adentros “aquí estoy yo y aquí mis señores cataplines” la que me empelió a dejar de lado mi célebre costumbre de la merienda a base de batido de chocolate y altramuces y optar, un día es un día, por un flan Dhul y unos cuantos bombones Trappa.

 

Todos aquellos lectores que tienen la suerte de conocerme en persona y haber gozado de mi compañía saben que además del arrojo y la valentía derrocho sinceridad, razón por la que, nobleza obliga, reconoceré aquí ante ustedes que me ayudó a tomar la decisión el hecho de que desde hacía días nuestra nevera había sido conquistada por todo tipo de productos lácteos y derivados provinentes de un famoso holding empresarial y que el capitán recibía, día sí día también, con diversas notas de agradecimiento.

 

Pensé,  alma de cántaro como soy, que se trataba de un pago por un favor, una misión resuelta o una fotografía de familia tamaño compresa de Rita Barberá realizada por mi amigo a la insigne estirpe de empresarios. Ah, mas cuán amargo puede ser el sabor de un flan si no se le pone azúcar, si está caducado, si es de limón o si en el momento en el que estás lamiendo el negro caramelito ves entrar en tu salón a tu compañero de fatigas corriendo como alma que lleva el diablo y con la cara tan desencajada que si Picasso la hubiese pintado en su época cubista, le hubiese salido un retrato de una persona normal.

 

Supe por la experiencia de mis años vividos con el capitán y por el retortijón intestinal que me avisa cuando van a pasar estas cosas que una desgracia se cernía sobre nuestras cabezas. Mas no era cuestión de ponerme a la altura del histérico de mi compañero y convertir la merienda en una reunión de verduleras electrocutadas, así que opté por echar mano de la flema británica heredada de un familiar que una vez fue a una agencia de viajes a preguntar una cosa y ajustándome las solapas del batín traté de calmar a mi amigo:

 

–       Capitán mío, ¿qué formas son estas de irrumpir en mis aposentos y darme tal susto que a punto he estado de hacer sonar la campanilla para que viniesen los chicos de seguridad y te castigaran encerrándote en la sala donde guardo las fotos y los discos de Pitingo?

–       Ah, Vicente. ¡Oh mísero de mí! ¡Oh infelice!

–       No me vengas con moderneces, Rumikel. ¡Cuéntame ya tus cuitas, comparte conmigo tu congoja o calla para siempre! – le espeté dándole una bofetada de ida y vuelta como en las películas antiguas pero en color porque aún no nos habíamos bajado una app que te permite pasar al blanco y negro en la vida real cuando sea menester y que en ese momento me hubiese venido de perillas voy a parar la frase ya si no les importa porque me estoy mareando hasta yo y además si no lo hago cuando vuelva a hablar el capitán no sabrán ni de qué iba la historia.

–       Porto malas noticias, Vicente. Siéntate, que eres muy impresionable.

–       A la par que elegante – apostillé aunque no hacía falta porque saltaba a la vista e incluso se rumoreaba que la revista Esquire planeaba hacer una portada con mi efigie.

–       En fin, allá voy. ¿Recuerdas que al acabar el libro hicimos cuentas y que entre las ventas, las descargas, los derechos de la SGAE, la gira de recitales y lo que le robaste a Lucía Etxeberría del bolso mientras yo la distraía diciéndole que conocía a una persona a la que le caía bien concluimos que así por encima habíamos ganado unos 3 millones de euros?

–       No solo lo recuerdo sino que me vanaglorio de ello a la menor ocasión, como si de un especulador inmobiliario benidormero de años ha me tratase.

–       ¿Y recuerdas que gracias al libro conseguimos un contrato millonario por fichar por WordPress que nos pagaron por adelantado?

–       Cómo no olvidarlo. No había visto tanto papel junto desde aquel cigarro especiado que lió Andrés Calamaro.

–       ¿Y recuerdas que en el libro se hablaba de mi relación de parentesco con la familia Ruíz Mateos y de cómo ellos me recogieron en los momentos difíciles y me dieron un apellido y algo para comer pero yo me equivoqué y estuve varios años llamándome Rumikel Bocadillo de Sepia y me zampé un Ruíz Mateos con mayonesa?

–       Lo recuerdo tan vívidamente que aún a veces aún me parece verlos en fantásticos e hiperrealistas anuncios televisivos.

–       ¿Y recuerdas cuando en una entrevista dijimos que todo esto no lo hacíamos por dinero y que nos gustaría volver a los años en los que empezábamos en los que no teníamos ni un duro y gracias a la ilusión conseguimos sacar adelante este proyecto?

–       Ja, vaya si lo recuerdo. Este Lorenzo Milá se lo cree todo, el muy bobalicón.

–       Pues es que… verás, tuve una idea que no te comenté para darte una sorpresa. Igual te ríes, si lo miras bien, hasta tiene gracia. Pero vamos, muy bien tendrías que mirarlo. Y mucha gracia tendrían que hacerte las cosas para que ésta también lo haga. Te cuento. Todo comenzó cuando me saqué el curso CCC para invertir tu dinero en gangas. Luego me fui al banco, saqué el dinero y… (mientras esta conversación transcurre por los caminos que el lector imagina, en la imagen vemos avanzar a toda velocidad las manecillas de un reloj de carrillón del siglo XVIII que pronto podrán ustedes comprar en una casa de empeños)… y aunque ahora prometen devolver todo el dinero, me da en la nariz, llámame avispado, que nanai de la china, que se ha fugado el matrimonio y su único hijo (los demás eran ninots de falla) a las Sheychelles y que tenemos menos posibilidades de recuperar nuestra inversión que Enric Sopena de encontrar un puesto de trabajo en Intereconomía.

 

Otras de las virtudes de las que suelo hacer gala son el aplomo y la paciencia. Sin embargo, consideré que la tarde no estaba como para sacarlas a relucir, así que me dejé llevar por los instintos y mientras las agujas del reloj seguían dando vueltas sin parar, yo estuve desfogándome a base de ganchos de izquierda, tirones de pelo y patadas en el estómago del capitán hasta que caí rendido, exhausto, derrumbado al suelo.

 

Horas después, el zumbido provocado por las palabras de Benito el mayordomo me despertaron de lo que yo pensaba que no había sido más que una pesadilla provocada por un vaso de leche Clesa en mal estado. Sin embargo, la realidad volvió a darme una colleja a mano abierta y al abrir los ojos y ver a nuestro fiel mayordomo dar bandejazos en la cabeza del capitán al grito de “¡¡¡mis ahorrooooos!!!” entendí que sí, que una vez más habíamos vuelto a caer y a tocar fondo, tanto que si acercábamos la oreja al suelo podíamos oír hablar en australiano. Y que una vez más tocaba volver a levantarse.

 

Pero, ¿saben qué? Eran casi las 8 de la tarde, había cogido la posturita y sobre la alfombra acurrucadito se estaba la mar de bien. Así que cerré de nuevo los ojitos y al compás del clonck clonck que hace el metal al chocar con un cráneo me dormí y soñé algo muy raro. Sólo recuerdo que iba vestido de Superman y 4 palabras: que, te, pego y leche.

 

Cositas Encillitas: evidencias reflexivas

11 Feb

 

La razón principal por la cual no hay ningún antropófago dedicado a la filosofía es la peligrosidad que supone para ellos el estar mucho rato comiéndose la cabeza.